Entrevista: Domenico Codispoti
- 4 abr
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Aunque la primavera se acerca, el día es gris y lluvioso en Valencia. Compartimos un café en compañía de un hombre brillante, cálido y cercano, un maestro del piano que ama su trabajo, el arte y la vida.
⇒ Gracias por tu tiempo para hablar con la SFV, Domenico. Especialmente ahora, que tienes una agenda muy completa, con muchos conciertos programados de aquí a junio, ¿es así?
⇒ Sí, es una temporada interesante, estoy estudiando mucho, como tiene que ser (risas). Siempre digo esto con mucho pudor, porque sé que hay muchos músicos que tienen agendas realmente apretadas, pero yo no puedo quejarme. Creo que al final es una cuestión del valor que le das tú al tiempo, y depende también de tu forma de acercarte a cada concierto. ¿Cuánto tiempo se necesita para preparar un concierto? ¿Cuánto tiempo necesitas para repasar un programa? Puede que poco sea suficiente a veces…
⇒ …O toda una vida, ¿no te parece?
⇒ Sí, y en mi propio caso, una semana ha sido de sobra en ocasiones, pero otras veces tres meses como mínimo, por el tipo de repertorio, de la grabación, o de la relación con la obra. Lo cierto es que ahora mismo siento una responsabilidad positiva por el hecho de que sea una temporada llena de acontecimientos interesantes, como tocar con la English Chamber Orchestra (ECO).
⇒ Es una formación magnífica, ¿verdad?
⇒ Me llena de orgullo, felicidad, emoción compartir escenario con ellos, además en tres ocasiones: en Valencia, Castellón y Úbeda. En los dos últimos interpretaremos el concierto para piano nº4 de Beethoven. También voy a tocarlo con la Orquesta de la Fundación Filarmonia de Oviedo en abril, junto a la Sonata Waldstein.
⇒ ¿Tocar el concierto nº4 de Beethoven tres veces en tan poco tiempo es algo casual? ¿Es una pieza especial para ti?
⇒ Las dos cosas, ha surgido porque entra dentro de las opciones contempladas con la ECO y su director Roberto Forés, pero sí que es una obra a la que le tengo mucho cariño.
⇒ Dicen que es de los conciertos más perfectos que escribió Beethoven…
⇒ Y más inusual a la vez. El arranque con ese acorde de Sol Mayor…, se decía que es uno de los conciertos que se pueden identificar con certeza desde el primer acorde, este Sol Mayor, tan distintivo. Y bueno, es especial también porque es uno de los primeros que aprendí. Iba siguiendo a mi antiguo profesor, e iba explorando de su mano lo que era menos usual. Otro hubiera preferido el Concierto Emperador, o quizás el Tercero, más clásico. Pero íbamos al Cuarto, que es quizás menos efectista en cierto modo. Ahora, rebobinando mi repertorio de 16, 17, 18 años, veo un montón de obras no muy habituales, y lo aprecio mucho, porque siempre pude volver a lo más tradicional, pero con un bagaje infrecuente en un niño de 15 años. Ese sello se lo debo a Bruno Mezzena, con el que estudié.
⇒ ¿También fuiste alumno de Achúcarro?
⇒ Achúcarro fue la segunda parte de mi época de aprendizaje, en Dallas, durante dos años. Fue muy importante, pero la parte fundamental de formación fue con Bruno, en Italia. Lo suyo era eso, instilar una cierta curiosidad en los alumnos, ir un poco fuera del mainstream, así que abordamos la sonata de Berg, Schoenberg…exploramos cosas que no son obvias, y al final lo agradezco porque me han dado profundidad de perspectiva, la sensación de haber explorado zonas menos comunes, no necesariamente dentro de lo que se considera vanguardia - aunque por mi atril pasaron también la segunda sonata Boulez, la de Barraqué, etc.-
⇒ Tal vez por eso un locutor de Radio Clásica dijo en cierta ocasión que eras “el pianista del repertorio insospechado”. Es una expresión curiosa…
⇒ Sí, lo recuerdo. Es muy “sospechosa”, misteriosa (risas). Fue, además, una coincidencia curiosa. Entramos en contacto a través de una amiga de su mujer, y el dijo que ya me conocía. El caso es que me llevó a su casa, era un tipo de gran erudición, tenía miles de CDs y me muestra un disco de música de cámara de Francesco Cilea, que es muy poco conocida, salvo algunas piezas específicas, que grabé hace años. Y se había acordado de mi nombre. También había grabado obras de inusuales de Franck, los tríos para piano de Martucci…
⇒ ¿Cuál es la época que más te gusta, tu periodo musical favorito?
⇒ Estoy muy interesado en el arte del siglo XX, y su periodo de entreguerras, incluyendo el romanticismo exasperado. Me fascina el expresionismo, también en pintura. Recuerdo que en el instituto coleccionaba y usaba sus imágenes como ilustraciones. Creo también que esa forma de lenguaje deformado, la entrada del subconsciente, hace que el arte sea mucho más interesante. La pureza de la belleza clásica nunca me ha interesado particularmente. Ahora, obviamente, con la edad, aprecio la belleza absoluta, apolínea, pero entonces lo que yo buscaba era diferente. He entendido después que quizá lo que me fascinaba en realidad era el arte después de Freud. Cuando la idea de subconsciente penetró en la obra de los artistas, se pudo empezar a representar algo que estaba mucho más escondido. Todo lo que abarca esa época para mí es fascinante. Y más profundamente adoro a Schumann, su retórica y sus dialécticas, porque creo que ahí también latía un germen de expresionismo, porque es un romanticismo que ya mira mucho más allá.
⇒ Me consta que has trabajado mucho tanto la obra de Robert Schumann como de su esposa, Clara.
⇒ Clara Wieck Scumann, sí, grabé un disco recientemente. Ella y Robert presentan una escritura muy similar, se aprecia un trabajo casi conjunto, hay una forma de expresar y una narrativa parecidas. Creo que Clara no ha llegado a las cimas, a los golpes de genio que tuvo Robert, porque hay muy pocos en la historia universal de la música como él. Pero comparte mucho de su lenguaje y de su finura. Estudiaron con el mismo profesor -el padre de Clara-, y parece que el suyo era un trabajo compenetrado. No sabemos con precisión cuánto pudo aportar cada uno, pero sí que hubo intercambio, consejos y revisiones. Un trabajo en equipo en el ámbito familiar. Muchos temas de Clara son verdaderamente muy sensibles y de gran calidad. También me interesa Janáček pianísticamente, y diría que he estado siempre muy cerca de Rachmaninov.
⇒ ¿Has hecho grabaciones de Rachmaninov?
⇒ Solamente una. Fue realmente la primera vez que me puse delante de los micros. Yo tenía 20 años y era un CD para celebrar el cumpleaños de mi profesor, que llegaba a los setenta, y la Dinamic -el sello discográfico italiano- impulsó una grabación a cargo de sus mejores alumnos para recordar su escuela, como un homenaje a su carrera. Y toqué y grabé la Sonata número 2, que luego interpreté muchas veces. Quizás demasiadas…. hay piezas que crecen en tu día a día, en tu forma de vivirlas, sin embargo otras se quedan ahí, y este es el caso. Nunca me pasa esto con Schumann, por ejemplo. Cada vez que retomo una partitura de Schumann es como reabrir un baúl de recuerdos y de posibilidades: la veo tan densa y tan llena de detalles y de elementos escondidos que creo que ofrece infinitas posibilidades de sacarle algo.
⇒ ¿Hay alguna obra cuya interpretación disfrutes especialmente?
⇒ Creo que hay épocas para esto. Por ejemplo, he tocado mucho a Schumann, a Chopin, pero en otras temporadas no me acercaba a ellos, ni los escuchaba en discos, porque el alma, la mente necesitaban otras cosas. En otros momentos fue el novecientos ruso y especialmente ahora diría que Prokófiev. Tengo seleccionadas varias obras para abordarlas pronto, no las mainstream como siempre (sonríe), sino que las que me gustan. Estudié con mi viejo profesor la Sonata número 4, que se programa muy pocas veces, y me gustaría emparejarla con la novena, la última, pues son las dos quizás más íntimas, más oscuras en cierta manera. Las veo como una unidad que expresa lo que más me interesa.
⇒ ¿Es este tu siguiente desafío? Sí, me gustaría buscar una excusa, no he sido mucho de proyectos, pero he sido de excusas (risas). Estoy muy agradecido siempre a las personas que entran en mi vida y me guían, casualmente o directamente, hacia ciertos caminos, incluso musicales.
Haciendo un símil, creo que es más fácil cuando a un fotógrafo o a un pintor se le ofrece un tema, en vez de tener un lienzo blanco sin referencias. No soy alguien que estructure mucho su estudio, su vida, su camino, creo en al azar. Es como un río subterráneo que nos lleva a sitios, aunque a veces te das cuenta de que tienes que volver atrás.
Musicalmente ha sido así también, lo que me ha llevado al jazz o al pop. Hay cosas que siempre quedan ahí dentro. Pink Floyd, por ejemplo, ha sido parte de la banda sonora de mi vida y vuelvo siempre a The Dark Side of the Moon, que es y será como un hito para mí. He visto recientemente en La Haya, en Holanda, un espectáculo en 4D, en el Dome, con visión de 180 grados sobre este álbum, una experiencia fantástica.
También he escuchado música pop italiana, he ido a conciertos de sus cantantes. Cuando lo comento a veces me dicen “¿en serio?” (risas).
⇒ Aquí hay una frase hecha, extraída de una película, que reza “¿Qué hace una chica/chico como tú en un sitio como este?”
⇒ Si. Lo importante es la variedad de registro, recuerdo a un camarero que conocí en un restaurante de mis tíos en Roma, en mi juventud, a quien veías andando entre las mesas y podía ser la persona más elegante de la tierra o el más vulgar que has visto, y creo que esa es la vida, en esa variedad está lo divertido.
⇒ “Cualquier música que te dé placer y que no tengas que fingir que te gusta merece la pena”.
⇒ Sí (risas). Es la frase que elegí, una cita de André Previn, para un proyecto que llamé Figure in Blue, donde abordé música desde Ravel a Radiohead, pasando por pianistas de jazz como Keith Jarrett, o John Cage. Nunca me ha preocupado la categoría donde te pueda poner la gente o el mercado. Era mi propia situación, mi propia sensación de tener un ámbito de acción musical pero, al margen, escuchar más variedad. Y obtener placer de la espontaneidad. Hubo un periodo que tocaba, estudiaba clásica y escuchaba jazz todo el rato, no se si era como una venganza (risas). Es como sacar fotos con iPhone o con mi sencilla reflex, sin preocuparte de la técnica pero disfrutando de la magia de lo que haces. Quizás el jazz represente este ámbito de libertad, y quería romper barreras académicas y convencer de que no hay tanta ruptura entre estos mundos. Que hay puntos de contacto y que puedo ser el mismo que toca Radiohead o Brad Mehldau o Nick Drake, al lado de Ravel, o Prokofiev o Bartók. Creo que funcionó porque hice varios conciertos, cada uno tuvo un programa distinto. La idea central también era mezclar géneros, preludio, balada, nocturno y vals, no en un sentido estrictamente clásico. En la página web pueden escucharse los resultados.
Este proyecto me permitía también, en unos casos, salir de la partitura, y hacerlo tocando en directo, algo atrevido en su momento, para mí. Se trata de recuperar las cualidades que, en algunos casos, los pianistas clásicos han perdido, y que en otra época eran muy normales. La capacidad de improvisación, de complementar la partitura, de mover, de jugar con la música. Tengo un hijo que está iniciando su acercamiento al piano, y conoce acordes, no lee la partitura todavía, pero juega con ellos, va de un sitio a otro, prueba si una nota del acorde le gusta o no, y funciona. Está aprendiendo con una profesora que le guía con ritmos, armonías, y no necesariamente con la lectura de un pentagrama. Me gusta porque es una aproximación que a mí me ha faltado un poco, aunque siempre me he divertido. Tengo oído absoluto y…
⇒ ¡Qué envidia, jaja!
⇒ Jaja, eso siempre ayuda. Los amigos me pedían la canción y lo hacía de corrido, pero es un arma de doble filo, porque puedes acostumbrarte, no cultivar lo suficiente la memoria, y desarrollarla de modo muy lábil que en cualquier momento te puede dejar ahí, sin estructura armónica a la que recurrir.
⇒ ¿Tiene que ver con el miedo escénico?
⇒ La memoria de un músico tiene muchos elementos, visuales, auditivos, mecánicos… Recuerdo en mi época de adolescencia, con sus cambios mentales, cuando empezaron las primeras dificultades con eso. Cuando eres niño, es como un juego y de pronto ves la responsabilidad, sientes el miedo, ahí hay gente escuchando. Recuerdo que era como “desconectar” el cerebro e ir en automático y dejar que los dedos vayan donde han aprendido a ir, porque si lo pienso me paro o me equivoco. Supongo que en teatro y otras artes será lo mismo. Hay mucha gente que lo vive y que lo sufre, incluso los grandes.
⇒ ¿Cómo lo superabas tu?
⇒ En mi caso, después de haberlo pasado mal en algunas ocasiones, llegué a la conclusión de que gran parte de ese miedo se debe precisamente a eso, a que falle la memoria: “Y si no me acuerdo de lo que está pasando, y si me pasa algo”. La clave es en mi caso algo muy obvio: la buena y consciente preparación. Hay una relación directa entre cuánto estás preparado y el resultado. Cuanto más sabes lo que estás haciendo y tienes una intención musical clara, el concatenar y tener un diagrama mental, tener un camino marcado e interiorizarlo, eso no falla. Es como un tren que avanza sobre raíles.
⇒ Yo tuve una profesora que decía que la mejor improvisación suele ser la que está muy bien preparada. No memorizada, claro, pero si trabajada: conocer el tema, su estructura, sus características, y una vez que eso está ¨machacado” ponerse a jugar.
⇒ Ese es el mundo de los Keith Jarrett, de los Brad Mehldau, porque me niego a pensar que toda esta construcción hubiera podido existir si no hay una formación asociada a una gran rapidez mental.
En cualquier caso, hoy día es necesario un altísimo nivel de calidad, porque la exposición del público es mucho mayor. Existe un abanico inmenso de posibilidades. Antes teníamos un LP o un CD, pero en la actualidad las plataformas ofrecen todo lo que quieras. Y la calidad (y cantidad) a la que tenemos acostumbrado a un público consciente es enorme, comparado con la de hace 20 años, 40, y ni hablamos de 100, cuando un evento musical nuevo tal vez fuera el único del año. Hay que pensar que las Sonatas de Beethoven no estaban disponibles para la gente ni en partitura, y las escuchaban cuando alguien las llevaba a su ciudad. Es sorprendente pensar que, cuando Chopin compuso sus conciertos, no había oído los cinco de Beethoven, que ya era muy famoso. Todo era mucho más cerrado, con una circulación difícil. Y creo que en ese sentido se favorecía la construcción de mitos, se creaban leyendas con un
aura romántica, a veces histriónica. Clara Schumann, cuando fue a parís, se pagó las salas, invitaba a críticos, como le explicaba a Robert en sus cartas. El marketing no es nuevo, pero ha alcanzado otra dimensión.
⇒ Fuera de la música clásica en su acepción tradicional, también has grabado un CD llamado Tangata, a dos pianos, que no es algo muy habitual, ¿verdad?
⇒ Sí, es un monográfico sobre Piazzola. No, no es un formato habitual. Nació por una idea de Esteban Ocaña, un gran amigo desde que nos conocimos en Dallas. Lo hemos disfrutado mucho. La música de Piazzola está llena de giros, de mestizaje, de cambios y mezclas de estilo, con una gran proyección clásica. Fue complejo técnicamente, incluso a nivel de logística, el mero hecho de disponer de dos pianos de la mismas calidades y cualidades tímbricas no es tan fácil, pero en eso está también la parte divertida del proyecto.
⇒ Mezclando un poco los temas de Keith Jarrett – del que me confieso fan - y el de la calidad de los pianos, está la historia que cuentan del instrumento dañado y mal afinado que le pusieron en Colonia, para el que se considera su concierto más destacado, y famoso.
⇒ Y le salió una genialidad, es increíble. Ese concierto me fascina desde siempre, hasta me parecía, cuando era joven, que el piano sonaba bien, que estaba bien afinado así, jaja.
Para Figure in Blue escogí su concierto de París, que tiene una aroma clásico, empieza con polifonía pura, estilo barroco, recuerda a Bach. Esos eran los ejes del proyecto, Bach, Keith Jarrett y Radiohead. La música de éstos últimos está trabajada, va más allá de los clásicos patrones de I-IV-V (Tónica-Subdominante-Dominante) tan extendidos, se aprecia que es música de calidad.
La idea del concierto era tocar sin programa de sala, sobre proyecciones; una elaboración personal, como de pequeñas cosas que recoges en un paseo por el bosque y te gustan y te las llevas a casa para construir algo. Era un proyecto difícil de vender en su momento, muchos decían que estaba en una tierra intermedia, pero ahora probablemente sería distinto porque este tipo de iniciativas son más habituales.
⇒ ¿Tienes alguna grabación prevista o de momento vas a centrarte en las actuaciones? ¿Qué ideas tienes en mente para desarrollar?
⇒ Lo había dejado aparcado, pues el mundo discográfico de hoy no resulta muy estimulante por la situación de la industria, es una rueda que se autoalimenta y, al final, son los músicos los que lo terminan pagando. Pero el año pasado grabé en primicia mundial, en la Salurinn Hall de Reykjavik, un disco de Thordur Magnusson, un músico islandés, por el sello holandés Piano Classics. Es un compositor desconocido aquí, que tampoco quiere etiquetas y adopta un estilo post-expresionista después de Hindemith, mirando, entre otros, a Stravisnky, pero incorporando una típica “islandesidad”, si es que puedo usar esta expresión. Refleja esa atmósfera, esta oscuridad interior, aunque provenga del reino de la luz y del fuego. Pero hay un
color azul muy, muy presente ahí, azul como encerrado y profundo. El disco está en producción, y saldrá en enero 2027. Ha sido una gestación que me costó bastante, es música muy original y compleja, sin muchos patrones que te ayuden.
Este proceso me ha traído otra vez a la consideración de que algo es familiar cuando lo frecuentas. No porque nazca familiar, sino porque si te expones a ello acabas entendiéndolo y expandiendo tu propio idioma. Esta música acabé casi cantándola.
⇒ Y no tiene que ser fácil el cantarla, ¿no?
⇒ No, claro, pero habiendo frecuentado, habiendo conocido a la persona y la obra, al final te parece de familia, es un idioma que tú conoces, manejas, y disfrutas. Es, por ejemplo, como cuando Beethoven introdujo novedades sin precedentes en su Sonata Waldstein, o cuando el jazz se consideraba algo de difícil digestión y, sin embargo, hoy día se lo hago escuchar a mis hijos y les parece normal, el mundo ya reconoce esas novedades, asimila esas supuestas disonancias. Esto me hace pensar la importancia de la educación y de frecuentar ciertas cosas, como el arte contemporáneo. Al final aceptamos que IKEA ponga arte abstracto en sus productos para la casa de cualquiera, lo que antes sería impensable.
Pero lo que ocurre también es que nos acostumbramos a todo, a lo bueno, pero también a lo malo. Merece la pena evitar la dejadez para dejarse llevar por lo fácil, por lo inmediato, porque no hay tiempo para pensar. Cuesta mucho y la época no se presta. Yo lo veía en Estados Unidos, cuando vivía allí se podía experimentar con la programación de las orquestas, pero luego llegó la época de simplificar los programas en aras de la popularidad. Eso implica que queda un repertorio que prácticamente ya nadie podrá nunca tocar. He llegado a proponer al conservatorio en el que doy clase en Italia preparar reducciones de ciertas obras, práctica habitual en el romanticismo, haciendo yo el segundo piano, para que algunos conciertos se sigan interpretando y otros vuelvan a hacerlo, y puedan ofrecerse a la curiosidad de nuestros hijos para que no se queden siempre ahí, en obras más comunes.
⇒ ¿Algún proyecto más para el futuro?
⇒ También contemplo dos ideas muy concretas que espero se puedan realizar en un futuro cercano: grabar los Études-Tableaux de Rachmaninoff, que me han acompañado en concierto mucho tiempo, y preparar los 5 conciertos de Beethoven, en la versión de Lachner con quinteto de cuerda. Acaricio esta idea hace varios años, pero se han venido interponiendo dificultades de todo tipo. Sería con finalidad de concierto, y ojalá también con realización discográfica
⇒ Has viajado mucho, Dallas, Londres, Granada, Roma, Madrid…¿porqué Valencia?
⇒ Son los ríos de la vida como te decía antes. Me he dejado llevar por muchas casualidades y tengo la suerte de que casi todas han sido afortunadas, porque creo que me encuentro en una situación de equilibrio. He conseguido un balance entre lo personal y lo profesional que siempre he pensado que sería muy difícil, pero siguiendo mi instinto ha llegado. Creo que he rendido justicia a ser músico, a mi potencial. Y entonces, además, ahí entra un poco el tema de qué quieres hacer con tu vida. Si solo hubiera querido hacer una carrera, nada más que eso, habría tomado otras decisiones, estaría en Berlín, Londres o Dallas, pero como te dije nunca tuve un plan muy estricto, de hecho tuve a veces la sensación de estar perdiendo tiempo, pero ahora me doy cuenta que quizás ese perder tiempo era un vivir con un enfoque personal que me ha permitido estar aquí con mi mujer y mis dos hijos, las personas que más quiero en mi vida, y vivir con gente con la que construimos un ambiente lo más agradable, lo más aportador posible, pues creo más en la idoneidad de la comunicación entre personas que en la de los lugares físicos. A través de amigos comunes conocí a mi mujer en Roma, donde vivía entonces y la seguí a Madrid a los pocos meses. Ella es periodista y tiene el título profesional de piano, conoce perfectamente la dinámica del arte, de la música, y su apoyo es vital para mí, me pone “los pies en el suelo”.
⇒ Antes has mencionado a tus alumnos, pues eres docente en el Conservatorio Guido Cantelli en Novara, en Italia, ¿qué consejo le darías a un joven aspirante a maestro?
⇒ Que se aproxime a la música como un don, vivir de la música es un regalo de la vida. Esto ayuda a superar la dificultad de entender el sacrificio que supone, aunque yo tuve la suerte de no sentirme nunca un sacrificado salvo, ya sabes, en los periodos de rebeldía normales – me gustaba el deporte, diseñar coches-. La clave es pensar todo lo que te queda por venir: siempre hay una nueva partitura para aprender, una nueva experiencia musical delante. En mi caso, puedo decir que estoy entusiasmado porque en unos días podré tocar con la English Chamber Orchestra, no ya solo por la interpretación en sí misma el día del concierto, sino por compartir una experiencia musical con ellos. Lo que más me da placer es poder llegar a sentarme al ensayo con un grupo al que ya escuchaba y admiraba cuando tenía 20 años en, por ejemplo, en los conciertos de Mozart con Murray Perahia. Y ahora estoy yo allí, y quiero llegar a hablar ese idioma y entendernos. Es como si te dan para conducir nada menos que un Ferrari, o simplemente como si entras en una fiesta donde todo es maravilloso, y te unes a ella.
Las preguntas son: ¿Cuánta música me queda por hacer? Música no solamente como aprendizaje sino como herramienta para conocerse a uno mismo y expresarse. ¿Quién soy yo? ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer? Ir a la profundidad de quién somos, que es la gran cuestión de siempre.
En mis 15 años yo soñaba con otras cosas, simplemente por el hecho de que no había elegido en realidad dedicarme a la música, aunque se me daba bien. Me pusieron a tocar de niño, tenía oído absoluto, facilidad técnica, y era como un juego, pero la rebeldía tenía que salir a algún lado, normal. Pero luego empecé a pensar lo afortunado que era por poder aprovechar las oportunidades que se me ofrecían, tanto de conocimiento del mundo como de mi mismo y, gracias al apoyo de mis padres lo superé, de lo que me alegro muchísimo. Ese sería mi consejo a los alumnos de piano, soñar con algo que tiene que pasar todavía.
⇒ Yo también me alegro porque si no hubiera sido así, no hubiera podido conocer una persona tan estupenda como tu, Domenico. Gracias por todo.
⇒ A vosotros, la SFV, por vuestra atención y el aprecio que siempre me mostráis.
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